Los que siembran con lágrimas, cosecharán con júbilo

Salmo 126:

Cuando el Señor transforme la realidad de Sión,
seremos como los que sueñan. 

Entonces nuestra boca se llenará de risa
y nuestra lengua de gritos de júbilo.

Entonces dirán entre las naciones:
«¡Grandes cosas ha hecho el Señor con estos!»

¡Grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros! ¡Estamos alegres!
¡Transforma nuestra realidad, Señor, como los arroyos transforman el desierto!

Los que sembraron con lágrimas,
cosecharán con júbilo.

El que se va caminando y llorando
mientras esparce la semilla,
volverá, llegará con júbilo trayendo sus gavillas.”

El Salmo 126 podemos entender que se divide en dos escenas que, aunque diferentes, tienen su conexión.

Según la traducción que hagamos, ubicaremos al salmista en el exilio, esperando la liberación de Dios, o en Sión, ya liberado, pero en cualquier caso, aún sin disfrutar plenamente de las promesas de Dios.

Sea como fuere, en una situación de espera de cumplimiento de la promesa, el salmista se imagina cómo será aquel día en el que Dios se manifieste provocando un giro histórico hacia un nuevo estado de todas las cosas.

Pero antes de continuar, me gustaría poner un ejemplo práctico de lo que quiero transmitir con la idea de soñar, o imaginar la promesa de Dios.

Y para ello quiero recuperar parte de un famoso discurso, el del pastor Martin Luther King el 28 de agosto de 1963, muchos de vosotros ya habíais nacido cuando pronunció estas palabras:

Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.

Tengo un sueño: que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad.

Tengo un sueño: que un día incluso el estado de Mississippi, un estado sofocante por el calor de la injusticia, sofocante por el calor de la opresión, se transformará en un oasis de libertad y justicia.

Estas palabras ilustran muy bien el sueño profético, o como diría W. Brueggemann la imaginación profética.

Una imaginación, o un sueño, que anticipa un futuro alternativo, un futuro posible contra todo pronóstico, un futuro que incomoda al imperio que pretende que su sistema es eterno y para siempre, como pretendía el imperio Babilonio.

Pero este sueño, el sueño del salmista y el sueño de Martin Luther King, no es un sueño que nace de la nada, ni es pura imaginación del optimismo, ni es tampoco una forma temeraria de cerrar los ojos a la realidad, ni mucho menos es el sueño del cumplimiento de nuestras ambiciones.

Es un sueño enraizado totalmente en nuestra tradición de fe, y en las promesas de Dios.

Martin Luther King también encontró la raíz de su sueño en las promesas divinas:

Tengo un sueño hoy.

Tengo un sueño: que un día todo valle será alzado y toda colina y montaña será bajada, los lugares escarpados se harán llanos y los lugares tortuosos se enderezarán y la gloria del Señor se mostrará y toda la carne juntamente la verá.

Ésta es nuestra esperanza. Ésta es la fe con la que yo vuelvo al Sur. Con esta fe seremos capaces de cortar de la montaña de desesperación una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las chirriantes disonancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la cárcel juntos, de ponernos de pie juntos por la libertad, sabiendo que un día seremos libres.

Pero también lo enraizó en su tradición más inmediata y cotidiana, en sus raíces fundacionales:

No nos hundamos en el valle de la desesperación. Aun así, aunque vemos delante las dificultades de hoy y mañana, amigos míos, os digo hoy: todavía tengo un sueño. Es un sueño profundamente enraizado en el sueño americano.

Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.

Estas palabras fueron pronunciadas hace poco más de 50 años pero son hoy un ejemplo vivo de cómo nuestra fe en Dios vivida en la peor adversidad, aún hoy puede ser un sueño que transforme no sólo vidas, si no también sociedades.

Si volvemos a nuestro salmo vemos en la segunda parte que la gente llora. La gente llora mientras camina, y mientras camina siembra.

Es un trabajo duro, hecho en las peores circunstancias, ya sea en el exilio o en aquel Sion medio abandonado, que nadie acababa sus muros, y que ofrecía una aspecto deprimente, como el mundo de hoy.

Ya sea en el exilio o en la precariedad más absoluta, hay quien sigue sembrando sin saber siquiera si habrá lluvia para la cosecha.

Por eso el salmista clama: ¡Transforma nuestra realidad, Señor, como los arroyos transforman el desierto!

De esta manera el que sembraba llorando recogerá las gavillas con júbilo. Pero hay que sembrar, hay que sembrar y hay que soñar.

Os invito a que podamos soñar.

Sí, debemos soñar con una nueva realidad, tanto social como eclesial. Os invito a que dediquéis un tiempo a imaginarla, a hacerla real en vuestras mentes.

Lo que se puede imaginar, se puede realizar, igual que lo que se siembra puede ser cosechado.

Os invito a soñar una realidad alternativa, pero una realidad fundada en unas raíces concretas:

Las promesas de Dios para su pueblo, el camino de humildad de Jesucristo y la acción del Espíritu Santo en la creación que gime.

Y también enraizada en nuestro ideal de iglesia protestante, en nuestros orígenes progresistas y sociales, en nuestro credo, en nuestra historia particular de una iglesia que ha aportado tanto a esta sociedad y que aún tiene mucho que aportar.

Cuando seamos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se llenará de risa
y nuestra lengua de gritos de júbilo.

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